
Cuando por fin salió, justo al norte del distrito de la universidad, estaba temblando. Odiaba conducir. Lo odiaba. Los coches eran horribles y los conductores eran unos groseros, gente mala que le gritaba. Sin embargo, lo había conseguido, y eso era lo importante.
Siguió las indicaciones del GPS y consiguió aparcar en el aparcamiento más cercano a la panadería. Apagó el motor, apoyó la frente en el volante y respiró profundamente.
Cuando logró calmarse, se irguió y miró el edificio que había frente a ella.
La panadería Keyes llevaba en el mismo lugar los ochenta de su existencia. Al principio, sus bisabuelos tenían alquilado sólo la mitad del edificio. Con el tiempo, el negocio había crecido. Habían comprado el edificio completo sesenta años atrás.
Había dos escaparates llenos de bollería, tartas, bizcochos y panes con sus respectivos letreros. Y sobre la puerta había un letrero enorme que anunciaba la Panadería Keyes, la panadería con la mejor tarta de chocolate del mundo.
La tarta, de varias capas de chocolate, había sido alabada por la realeza y los presidentes, servida por las novias en sus bodas y exigida por artistas y famosos como requisito imprescindible en sus platós de rodaje y entre bastidores. Estaba hecha de millones de calorías de harina, azúcar, mantequilla, chocolate y un ingrediente secreto que pasaba de generación en generación de la familia. Ni siquiera Claire sabía cuál era. Sin embargo, lo sabría. Nicole se lo diría enseguida.
Salió del coche, tomó el bolso y cerró la puerta del conductor. Respiró profundamente otra vez y se puso en camino hacia la panadería.
Era mediodía, y todo estaba relativamente tranquilo. Había dos señoras sentadas en la mesa del rincón, tomando un café con bollos. Entre sus sillas había dos carritos de niño. Claire les sonrió mientras marchaba hacia el mostrador. La dependienta, una adolescente, la miró.
– ¿Puedo ayudarla en algo?
