
La voz del GPS era muy autoritaria, como si ella no tuviera la más mínima idea de conducir en general, ni de a dónde iba en particular.
– ¿I-5 qué? -preguntó Claire, antes de ver la señal que indicaba la entrada a la autopista I-5. Entonces, dio un grito-. No puedo salir a la autopista -le dijo al GPS-. Tenemos que seguir por las calles.
Hubo un tilín.
– Manténgase a la derecha.
– Pero si no quiero.
Miró a su alrededor frenéticamente, pero no había otro modo de seguir. La carretera en la que estaba se dirigía a la autopista. No podía girar a la izquierda, porque había demasiados coches en su camino. Coches que, de repente, comenzaron a moverse muy deprisa.
Claire agarró el volante con ambas manos, con el cuerpo rígido y la mente llena de imágenes de accidentes.
– Puedo hacerlo -se dijo-. Puedo.
Pisó un poco más el acelerador, hasta que alcanzó los setenta y cinco kilómetros por hora. Aquello era suficiente velocidad, ¿no? ¿Quién necesitaba ir más rápido?
Un camión enorme apareció tras ella y le dio un bocinazo. Claire pegó un respingo. Había muchos coches tras ella, acercándose a gran velocidad. Estaba tan ocupada intentando no asustarse por los coches que pasaban a su alrededor que se olvidó de su destino, hasta que el sistema de GPS le recordó:
– I-5 norte está a la derecha.
– ¿Qué? ¿Qué derecha? ¿Quiero ir hacia el norte?
Y de pronto la carretera dio un giro, y ella se vio girando también. Quería cerrar los ojos, pero sabía que aquello sería malo. Comenzó a sudar de miedo. Quería quitarse el abrigo, pero no podía; tenía el volante agarrado con tanta fuerza que le dolían los dedos.
Estaba haciendo aquello por Nicole, se recordó. Por su hermana. Por su familia.
Su carril desembocaba en la I-5. Sin bajar de setenta y cinco kilómetros por hora, Claire se puso en el carril de la derecha y se juró que iba a quedarse allí hasta que tuviera que salir de la autopista.
