Raoul se irguió.

– Yo no lloriqueo.

– Ya lo veremos.

Phil se lo llevó.

Nicole los observó. Raoul iba a pagar lo que debía fregando los enormes tanques en los que se mezclaba la masa del pan. Después tendría que hacer una serie de tareas que conseguirían que pensara las cosas dos veces antes de intentar robar algo en vez de comprarlo. Nicole se preguntó si el chico aprendería la lección, o simplemente, la soportaría.


Cuatro horas después. Nicole había adelantado bastante trabajo administrativo, una tarea que siempre detestaba. Sin embargo, quería quedarse durante todo el turno de Raoul, y no podía trabajar en el obrador hasta que hubiera podido librarse del bastón. Archivó las facturas y les puso una etiqueta para enviárselas a su contable. Phil llamó a la puerta, que estaba entreabierta, y entró al despacho.

– ¿Cómo va la cosa? -preguntó Nicole.

– Bien, mejor de lo que esperaba. El chico sabe trabajar. Hace lo que le dicen, sin poses tontas, sin remolonear. Me gusta.

Nicole arqueó las cejas.

– Eso no es muy corriente.

– Dímelo a mí. Creo que deberías ofrecerle trabajo. Necesitamos a alguien como él fuera de las horas álgidas. Va al instituto y juega al fútbol americano, así que creo que tendrá esas horas libres, y es cuando nos vendría bien.

– De acuerdo. Hablaré con él.

Nicole se puso en pie y se estiró. El dolor de la rodilla cada vez era menos intenso, y estaba mejorando.

Raoul se encontraba en la parte de atrás, amontonando sacos de harina, asegurándose de que no se inclinaran y se cayeran.

– Buen trabajo -lo felicitó Nicole-. Has impresionado a Phil, y eso no es fácil.

– Gracias.

– ¿Quieres un trabajo de verdad? Media jornada. Lo organizaríamos teniendo en cuenta las horas de instituto y de entrenamiento. El sueldo no es malo.

Le dijo un salario por hora que era ligeramente superior a lo que ganaría en un restaurante o en una tienda.



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