– Buenos días -dijo Raoul educadamente.

Ella lo miró.

– Llegas temprano.

– No quería llegar tarde.

– Me impresiona que hayas venido.

– ¿No me esperaba?

– No.

– Le di mi palabra.

– Robaste cinco docenas de donuts. Eso hace que tu palabra sea cuestionable.

No lo estaba mirando mientras hablaba, así que no podía estar segura, pero tuvo la impresión de que el chico se estremecía. ¿Porque había dudado de él? ¿Por qué había mencionado el robo? Bien. Todas las mañanas deberían empezar con un ladrón de bollería hipersensible.

– Además, eres deportista -añadió, sin saber por qué se sentía obligada a hacer que se sintiera mejor-. Tengo algo en contra de los deportistas desde el instituto, porque ninguno de los chicos que me gustaban me hacía el menor caso.

– No me lo creo.

Ella suspiró.

– ¿Estás intentando ser encantador?

– Sólo un poco. Estoy practicando.

Nicole se imaginaba quién había sido su maestro.

– Déjalo para alguien más fácil de impresionar. Yo soy inmune a los encantos masculinos.

– Ya me he dado cuenta. No le cayó muy bien el entrenador Hawkins.

– Yo no diría eso -murmuró Nicole, aunque era cierto.

Hawk le había parecido guapísimo, y tenía un cuerpo asombroso, más de lo necesario para hacer que ella comenzara a arder, pero eso no significaba que le cayera bien. No había manera de que ella se dejara impresionar por su sonrisa estudiada y su atractivo sexual.

Raoul mantuvo la puerta abierta; Nicole entró en el obrador y saludó a Phil.

– Buenos días -dijo.

Phil, un hombre mayor vestido de blanco de pies a cabeza, incluyendo el delantal, se acercó a ellos.

– Buenos días -respondió, mirando a Raoul-. ¿Estás listo para trabajar?

– Sí, señor.

Phil no parecía muy convencido.

– Esto no va a ser fácil, y a mí no me interesan las quejas. ¿Me oyes? Nada de lloriqueos.



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