
Nicole tuvo que contener un bostezo. Raoul estaba recitando algo que parecía un discurso enlatado. Probablemente, el chico lo había oído miles de veces en boca de la leyenda.
– Bueno es saberlo -dijo, y se sacó cuarenta dólares del bolsillo trasero del pantalán-. Toma.
Él no tomó el dinero.
– No puede pagarme.
– Claro que sí. No serás empleado oficialmente hasta que firmes el contrato. Así que por ahora toma esto. Pronto tendrás que fichar y tendrás un cheque de verdad.
Él metió las manos detrás de la espalda.
– He trabajado para pagar los donuts que robé.
– En realidad, ni siquiera conseguiste sacarlos por la puerta. No se te da muy bien lo de robar -dijo Nicole, y suspiró al ver que él no sonreía-. Mira, hoy has trabajado duro. Te lo agradezco. Te has ganado esto. Tómalo o me pondré de muy mal humor, y eso no quieres verlo.
Raoul aceptó el dinero.
– Usted cree que es muy dura, pero no me asusta.
Eso estuvo a punto de conseguir que Nicole se echara a reír.
– Dame tiempo, chico. Dame tiempo.
Nicole acompañó a Raoul a la pastelería, donde llenó un par de bolsas con croissants y pasteles del día anterior.
– No tiene por qué hacer esto -dijo él, mientras miraba con melancolía las bolsas.
– Tú puedes hacerte cargo de estas calorías. Y, como te he dicho, es un extra.
– ¿Y hay más extras?
Aquella pregunta no la había formulado Raoul. Nicole no tuvo que darse la vuelta, ni preguntarse quién había hablado. Y, por si acaso había alguna confusión en su cerebro, todo su cuerpo se encendió para dar la bienvenida.
Se irguió y se preparó para el impacto. Después se dio la vuelta. Hawk estaba detrás del mostrador, con aquella sonrisa suya tan sexy, tan segura.
– ¿Qué quieres? -le preguntó ella, sin preocuparse demasiado de si sonaba irritable o no.
– Una pregunta interesante -murmuró, y después le guiñó el ojo a Raoul-. He venido a ver cómo ha trabajado mi jugador estrella. Te ha impresionado, ¿verdad?
