Nicole se vio atrapada. Le había gustado mucho el trabajo de Raoul y le había ofrecido el puesto de buena gana, pero con Hawk allí, sentía la necesidad de decir que todo había ido mal y que se alegraba de librarse de él.

– Ha estado bien -dijo, mientras le entregaba las bolsas a Raoul. No quería ver la decepción en los ojos del chico, así que añadió-: Mejor que bien. Lo ha hecho estupendamente.

– Lo sabía.

– Esto no tiene nada que ver contigo. Sé que es un concepto asombroso, así que debería darte un minuto para que lo asimiles.

Hawk se echó a reír.

– Raoul, ya puedes marcharte. Te veré en el entrenamiento, dentro de un par de horas.

Raoul asintió y se marchó. Nicole lo miró mientras salía, porque era más fácil que intentar no mirar a Hawk. Aquel hombre era como un afrodisíaco, y ella odiaba que tuviera el poder de conseguir que se sintiera incómoda en su propia piel.

– No tienes por qué quedarte aquí -le espetó.

– Quiero agradecerte que le hayas dado una oportunidad a Raoul -dijo Hawk, inclinándose un poco hacia ella, aunque sin moverse.

Buen truco, pensó Nicole.

– Ha trabajado duro. Eso sucede con mucha menos frecuencia de la que me gustaría. Le he ofrecido trabajo.

Hawk arqueó una ceja.

– Te ha impresionado de verdad.

– Raoul necesita el trabajo, y yo necesito ayuda. No le des más importancia de la que tiene.

Parecía que aquellos ojos oscuros podían ver su interior.

– Quieres que la gente piense que eres dura.

– Soy dura.

– Por dentro eres de mantequilla.

Nicole irguió los hombros.

– Podría haber metido a tu jugador a la cárcel. No pienses que no lo habría hecho si no llega a aparecer hoy. Dirijo esta pastelería desde hace años. Sé lo que hago.

– ¿Y te gusta lo que haces?

– Por supuesto -dijo Nicole automáticamente, porque era lo que respondía siempre. Sabía que iba a hacerse cargo de la pastelería desde que tenía ocho o nueve años. Era algo sobrentendido… esperado. La suya no iba a ser una vida con muchas sorpresas. Últimamente, no había habido demasiadas buenas.



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