– ¿Qué? No.

– A cenar. Iremos a cenar por ahí.

– No voy a ir a cenar contigo.

– ¿Por qué no?

– No es buena idea.

– Claro que sí. Es una excelente idea.

– No voy a ir.

– Sí, vas a venir.

– No voy a ir, y no puedes obligarme.

En vez de seguir con la discusión, él se dirigió hacia la puerta de la pastelería. Allí se detuvo.

– ¿Qué te apuestas? -le preguntó. Después salió de la tienda.

Mientras atravesaba la calle hacia su coche, casi podía oírla tartamudear. Había ido bien. Estaban en el primer tiempo del partido, y ya se había adentrado en el campo contrario y estaba a punto de marcar.


– La terapia de Amy va muy bien -dijo Claire mientras cortaba más champiñones y los ponía en un cuenco-. Es pequeña, lo cual ayuda. Su cerebro todavía está abierto a los cambios. Al contrario que algunos de nosotros, que tenemos el cerebro cerrado.

Nicole puso la lechuga recién picada en una ensaladera.

– No tengo ni idea de qué pinta mi cerebro en este asunto de abierto contra cerrado.

Amy era la hija de Wyatt, y pronto iba a ser la hijastra de Claire. Era sorda de nacimiento, y recientemente le había dicho a su padre que quería hacerse un implante coclear para poder oír. Antes de la operación estaba recibiendo una terapia especial que la ayudaría a asimilar los sonidos de una manera nueva, y a procesarlos.

– Amy está muy emocionada por lo del implante -dijo Claire-. Me pide que toque para ella todas las noches.

– Y a ti te encanta.

– Por supuesto. Ella es mi admiradora número uno.

Teniendo en cuenta que Claire era una concertista de piano mundialmente famosa y que había grabado discos ganadores de premios Grammy, eso era decir mucho.

– Pensaba que tu admirador número uno era Wyatt.

– Y lo es. En otros sentidos.

Su hermana se echó a reír y Nicole sonrió. Se sentía feliz por Claire.

Terminó de poner la lechuga en la ensaladera y se la pasó a su hermana.



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