Vio que el chico se metía el teléfono móvil en el bolsillo, tomaba las cajas de donuts y se dirigía a la puerta. Sin pagar.

Si había algo que le sentaba mal a Nicole, era que la tomaran por tonta. Sin pararse a pensarlo, sacó el bastón, hizo que el chico tropezara y después le clavó el extremo del bastón en el centro de la espalda.

– Me parece que no -dijo-. Maggie llama a la policía.

Esperaba que el muchacho se pusiera en pie de un salto y saliera corriendo. Ella no habría podido detenerlo, pero él no se movió. Diez minutos después volvió a abrirse la puerta, pero en vez de un policía de Seattle, Nicole vio a un hombre que podía pasar por modelo de ropa interior o héroe de película de acción.

Era un tipo alto, moreno y atlético. Ella supo que era atlético porque llevaba una camiseta gris del Instituto de Secundaria Pacific rota justo por encima de la cintura. Al moverse, se le encogían y estiraban músculos que ella desconocía en el cuerpo humano.

Llevaba unas gafas de sol oscuras. Miró al muchacho, que seguía en el suelo con el bastón de Nicole en la espalda, y vio los donuts esparcidos por el suelo. Después se quitó las gafas y sonrió.

Ella había visto antes aquella sonrisa.

No en él, concretamente. Era la de Pierce Brosnan cuando interpretaba a James Bond, la que usaba para sacarles información a secretarias ligeramente obnubiladas. Era también la que solía usar su ex marido para librarse de una bronca. Nicole no podría ser más inmune a aquella sonrisa ni aunque hubiera inventado la vacuna ella misma.

– Hola -dijo el tipo-. Me llamo Eric Hawkins. Puede llamarme Hawk.

– Qué estupendo para mí. Me llamo Nicole Keyes. Puede llamarme señora Keyes. ¿Es usted policía? -preguntó, y lo miró de pies a cabeza, intentando no dejarse impresionar por tanta perfección masculina en un espacio tan pequeño-. ¿Es que tiene el uniforme en el tinte?



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