La sonrisa de él se hizo más amplia.

– Soy el entrenador de fútbol americano del Instituto de Secundaria Pacific. Tengo un amigo que trabaja en la comisaría. El mismo respondió su llamada, y me telefoneó.

La gente creía que Seattle era una ciudad muy grande, pero estaba hecha de pequeños barrios. A Nicole casi siempre le gustaba eso de su ciudad. Aquel día, sin embargo, no.

Disgustada, miró hacia atrás.

– Maggie, ¿te importaría llamar a la policía otra vez?

– Maggie, espere un segundo -dijo Hawk. Apartó el bastón de Nicole para que el chico pudiera ponerse en pie-. Raoul, ¿estás bien?

Nicole miró al techo con resignación.

– Oh, por favor. ¿Qué podría haberle ocurrido?

– Es mi quarterback estrella. No estoy dispuesto a correr ningún riesgo. ¿Raoul?

El chico arrastró los pies y bajó la cabeza.

– Estoy bien, entrenador.

Hawk se lo llevó a un rincón y mantuvo una conversación en voz baja con él. Nicole los observó con cautela.

En el estado de Washington, el fútbol americano era un asunto muy importante. Ser el quarterback titular de un equipo de instituto era tan bueno como ser Paris Hilton. Probablemente, Hawk tenía la esperanza de que ella sucumbiera a sus encantos y dejara marchar al chico con un encogimiento de hombros, como si todo fuera un malentendido. Aquello no iba a suceder.

– Mire -dijo, con tanta severidad como pudo-, ha robado cinco docenas de donuts. Quizá para usted eso no tenga importancia, pero para mí sí. Voy a llamar a la policía.

– No ha sido culpa suya -dijo Hawk-. Es culpa mía.

– ¿Porque usted le dijo que los robara?

– Raoul, espérame en el coche -dijo Hawk.

– Raoul, ni se te ocurra moverte -replicó ella.

Vio que el buen humor de Hawk se esfumaba. Este tomó una silla y se sentó a su lado.



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