
– No lo entiende -dijo, en voz baja-. Raoul es uno de los capitanes. Todos los viernes, el capitán lleva donuts a los jugadores.
Tenía manos grandes, pensó ella, distraída por el tamaño. Grandes y fuertes.
Nicole se obligó a atender a la conversación.
– En ese caso, debería haberlos pagado.
– No puede -prosiguió él en un susurro-. Raoul es un buen chico. Está en un hogar de acogida. Normalmente tiene trabajo, pero durante los entrenamientos no puede. Nuestro trato es que yo le doy unos cuantos dólares para los donuts, pero ayer se me olvidó, y él es demasiado orgulloso como para pedírmelos. Hoy es viernes y tenía que llevar los donuts. Ha tomado una decisión equivocada. ¿Nunca ha cometido un error, Nicole?
Casi la tenía convencida. La triste historia del pobre Raoul la había conmovido. Entonces Hawk bajó más la voz, hasta llegar a un tono íntimo, y dijo su nombre de un modo que a ella le resultó muy molesto.
– No me tome el pelo -le soltó.
– Yo no…
– Y no me trate como si fuera idiota.
Hawk alzó ambas manos.
– No…
Ella lo fulminó con la mirada.
Seguro que estaba acostumbrado a salirse con la suya, sobre todo con las mujeres. Con aquella sonrisa asesina, cualquiera con dos cromosomas X se derretiría como la mantequilla bajo el sol. Bien, pues ella no.
Se puso en pie y agarró el bastón.
– Voy a denunciar al chico.
Hawk se levantó de un salto.
– Demonios, eso no es justo.
– Dígaselo al juez.
Hawk avanzó hacia ella, pero Raoul se interpuso.
– Entrenador, no se preocupe. He actuado mal. Sabía que estaba mal robar los donuts, y de todos modos lo hice. Usted siempre dice que hay que aceptar las consecuencias de nuestros actos. Esta es una de ellas.
El chico se volvió hacia Nicole y bajó la mirada.
– No tener dinero no es una excusa. No debería haberlo hecho. Tenía miedo de quedar en ridículo delante de todo el equipo -dijo, y se encogió de hombros-. Lo siento, señora Keyes.
