
– ¿De veras? Lo siento, siempre se me olvida.
Estaba mintiendo, pero Matt no le llamó la atención. Diane mostraba así su desaprobación; siempre se quejaba de que sus novias eran intercambiables, como si fueran muñecas, de que todas ellas se parecían físicamente, eran muy guapas y carecían de cerebro. No estaba equivocada.
Lo que Diane no entendía era que él salía con aquellas mujeres a propósito. No estaba buscando más.
– Es alguien a quien conozco desde hace mucho -dijo Matt, y al instante se arrepintió. Diane no tenía por qué conocer esa información. Aquella parte de su vida había terminado mucho tiempo atrás.
– ¿De veras? ¿Y tiene personalidad, o cerebro? Ahora que lo mencionas, por teléfono parecía casi normal…
– No lo he mencionado.
– Mmm… Estoy segura de que sí. Bueno, cuéntame quién es esa misteriosa mujer del pasado.
– Ya puedes marcharte.
– ¿Por qué ha vuelto a Seattle? ¿Es simpática? ¿Crees que me caería bien? ¿Te gusta?
Él señaló la puerta. Diane atravesó la oficina.
– Entonces me has dicho que la próxima vez que llame te pase la llamada, ¿no?
Él no respondió y ella se marchó.
Matt se levantó y se acercó a la cristalera. Su oficina estaba en una de las colinas del Eastside y tenía unas vistas impresionantes. Su carrera profesional y sus negocios ilustraban todos los aspectos del éxito. Lo había conseguido, y tenía todo lo que se podía querer: dinero, poder, respeto… y nadie ante quien responder.
Lentamente, arrugó la nota con el mensaje de Jesse y lo tiró a la papelera.
A pesar de las promesas de varios poetas célebres y de un par de canciones de country lacrimógenas, Jesse Keyes descubrió que era posible volver a casa otra vez, lo cual era una mala suerte. No podía culpar a nadie por las circunstancias del momento, porque era ella misma quien había decidido regresar a Seattle. Aunque, en realidad, quizá hubiera tenido un poco de ayuda del chico tan dulce que había en su vida.
