
Miró por el espejo retrovisor y sonrió a su hijo de cuatro años.
– ¿Sabes una cosa? -le preguntó.
A él le brillaron los ojos, y sonrió.
– ¿Ya hemos llegado?
– ¡Ya estamos aquí!
Gabe aplaudió.
– Me gusta estar aquí.
Iban a pasar el verano en la ciudad, o el tiempo que fuera necesario para ordenar su pasado y decidir su futuro. Quizá, una semana, más o menos.
Jesse paró el motor, salió del coche y abrió la puerta trasera del coche. Le quitó el cinturón de seguridad a Gabe, lo ayudó a bajar de su silla y ambos se quedaron mirando al edificio de cuatro plantas ante el que se hallaban.
– ¿Vamos a quedarnos aquí? ¿De verdad? -preguntó el niño con reverencia.
Era un hotel para estancias prolongadas bastante modesto. Jesse no tenía dinero para alojarse en un hotel de lujo. La habitación tenía cocina y, en las críticas de las revistas de Internet, se decía que estaba limpio, lo más importante para ella.
Sin embargo, para Gabe, que no había estado en un hotel en su vida, aquel refugio temporal era algo nuevo y emocionante.
– De verdad -respondió ella, y lo tomó de la mano-. ¿Quieres que nos alojemos en una habitación del último piso?
Él abrió unos ojos como platos.
– ¿Podemos? -preguntó en un susurro.
Ella tendría que subir más escaleras, pero se sentiría más segura en el piso más alto.
– Eso es lo que he pedido.
– ¡Yupi!
Treinta minutos más tarde, estaban probando cómo botaban las camas de la habitación, mientras Gabe decidía cuál quería. Ella deshizo las maletas que había subido por los tres tramos de escaleras. Tenía que empezar a pensar en hacer ejercicio de nuevo. Todavía tenía el corazón acelerado de la subida.
– Vamos a salir a cenar fuera -dijo ella-. ¿Te apetecen espaguetis?
Gabe se lanzó hacia ella y le abrazó las piernas con tanta fuerza como pudo. Ella le acarició el pelo, castaño y suave.
