
– Bueno, ¿estás preparado? -preguntó a Gabe mientras tomaba su bolso. Después le tendió los brazos a su hijo.
Gabe se lanzó hacia su madre, cariñoso, confiado, como si ella nunca fuera a hacerle daño, nunca fuera a fallarle. Porque ella nunca lo haría, fueran cuales fueran las circunstancias. Al menos, eso lo había entendido bien.
Jesse miró la dirección de la hoja de papel y después observó el sistema de navegación portátil que le había prestado Bill. Coincidían.
– Parece que alguien ha subido de nivel -murmuró al ver la larga calle de entrada que conducía a una casa frente al lago, en la parte más exclusiva de Kirkland.
Había una puerta de seguridad en el acceso a la finca, pero estaba abierta, así que Jesse la atravesó y recorrió el camino hasta la entrada de la casa, donde aparcó detrás de un BMW descapotable. Al salir de su coche, intentó no pensar en lo destartalado que parecía su Subaru de diez años en comparación. Sin embargo, su coche era fiable y servía para conducir en la nieve de Spokane.
Tomó el bolso y salió del vehículo. Se acercó a la puerta de la casa y, antes de llamar, tuvo que tragar saliva y respirar profundamente. Después, tocó el timbre y esperó. A los pocos minutos abrió alguien, y Jesse se preparó para ver a Matt de nuevo, pero se encontró frente a una pelirroja alta y esbelta con un camisón muy corto y muy sexy, y que no llevaba nada más, aparentemente.
La mujer tendría unos veinte años y era más que guapa. Tenía los ojos verdes, grandes, con unas pestañas increíbles. Su piel era blanca, sus pechos señalaban hacia el techo y sus labios formaban un mohín perfecto.
– Maaaatt -llamó quejumbrosamente-. Ya es bastante que me digas una y otra vez que no tengo exclusividad, eso lo acepto. No me gusta, pero lo acepto. Ahora bien, que aparezca otra durante mi cita… Eso no es justo.
