
– No he venido por ninguna cita -dijo Jesse rápidamente.
La pelirroja frunció el ceño.
– ¡Maatt!
La puerta se abrió más e, instintivamente, Jesse dio un paso atrás. Ni siquiera a un metro de distancia el impacto de verlo de nuevo iba a ser menor.
Era tan alto como recordaba, pero se había hecho más corpulento, más fuerte. Llevaba una camisa de manga corta por encima de unos vaqueros desgastados, abierta por el pecho. Jesse vio sus músculos y el vello oscuro de su pecho.
Después lo miró a la cara, a los ojos, que eran tan parecidos a los de su hijo. Al verlo, su cuerpo reaccionó de tal manera que comprendió que, a pesar del tiempo transcurrido, seguía echándolo de menos. Nunca podría olvidarlo, Gabe siempre se lo recordaría.
Matt había cambiado. Irradiaba poder y seguridad. Era el tipo de hombre que hacía que una mujer se preguntara quién era y cómo podía estar con él.
– Jesse.
Él dijo su nombre con calma, como si no le hubiera sorprendido verla, como si se hubieran visto la semana anterior.
– Hola, Matt.
La pelirroja se puso las manos en las caderas.
– Vete. ¡Arre!
¿«Arre»? Jesse sonrió. ¿Eso era lo mejor que se le ocurría a aquella chica?
– Espérame en la cocina, Electra -dijo Matt, sin apartar la vista de Jesse-. No voy a tardar.
La pelirroja se marchó de mala gana. Matt esperó a que desapareciera para hacerse a un lado.
– Pasa.
Jesse entró en la casa.
Tuvo una breve impresión de espacio, de mucha madera y de vistas increíbles del lago y del horizonte de Seattle en la distancia. Después se volvió hacia Matt y tomó aire.
– Siento haber venido sin avisar. Te he llamado varias veces.
– ¿De veras?
– ¿No te dieron mis mensajes? -preguntó ella, sabiendo que sí se los habían dado.
