Amy y Jeff estaban sentados en el sofá-cama, mientras Brian se había acomodado en el banco del piano. Cuando Jeff la vio, rascó las cuerdas de la guitarra dramáticamente.

– ¡Por fin ha vuelto!

Imposible entrar discretamente, pensó Theresa.

Brian estaba a menos de tres metros de ella, todavía con la gorra puesta. La certidumbre de lo que sucedería inmediatamente se le atragantaba en la garganta como una píldora tomada sin agua.

Pero Brian Scanlon se levantó tranquilamente, irguiéndose hasta su metro ochenta de altura y le sonrió a Theresa.

– Jeff ha estado probando la vieja Stella. No suena demasiado mal.

«¿No vas a quedarte boquiabierto como todo el mundo?», pensó Theresa, sintiendo que comenzaba a sonrojarse porque no había mirado, y para disimularlo dijo lo primero que se le ocurrió.

– Como de costumbre, mi hermano pensando sólo en la música. Y tú aquí todavía con la chaqueta y la gorra puestas. Te enseñaré dónde dormirás, ya que ninguno de estos dos ha tenido la amabilidad de hacerlo.

– Espero no estar quitándole la cama a nadie.

– En absoluto. Vamos a ponerte en la cama del cuarto de abajo. Sólo espero que no te quite a ti la cama nadie, porque está enfrente de la televisión y la chimenea, y a papá le gusta quedarse levantado hasta después de las noticias de las diez por lo menos.

¡No había mirado! La emoción embargaba a Theresa mientras le conducía a través de la cocina hacia la puerta que llevaba al cuarto que había justo detrás de la pared del horno. Extrañamente, Theresa sentía con más intensidad la presencia de Brian por el hecho de que se abstuviera siempre de bajar la vista. Le guió por unas escaleras que conducían al sótano, que en realidad era un salón grande, con unas puertas corredizas de cristal con vistas al jardín trasero. Las paredes estaban cubiertas por completo de paneles de madera de pacana, que daba calor al cuarto. El suelo era de moqueta de un naranja intenso, que se avivó cuando Theresa encendió una lámpara de mesa.



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