
Brian observó su cabello cuando se quedó parada al lado de la lámpara y luego echó una mirada al cuarto, que constaba de una mesa baja de pino, un sofá-cama y mecedoras de estilo colonial. Cerca de la chimenea había una televisión, y al fondo del cuarto, donde estaba Brian, había una mesa de pino con patas muy gruesas, situada ante el panel de cristal.
– Hum… me gusta este cuarto. Es muy acogedor.
Sus ojos volvieron a fijarse en los de Theresa mientras hablaba. Theresa se extrañó un poco al oír sus palabras, pues parecía un tipo de hombre al que le gustaría una decoración más moderna. Pero a la vez se sintió orgullosa, pues su madre había permitido que fuera ella la que eligiera la mayor parte de los colores y texturas de los muebles cuando volvieron a decorar el cuarto dos años atrás. Había disfrutado de lo lindo, y desde entonces deseaba con impaciencia ver el día en que pudiera ejercitar sus propios gustos en toda una casa.
Brian notó que ella tenía los brazos cruzados, apretados contra el pecho, y su habitual nerviosismo, que sólo estaba ausente cuando alguno de sus hermanos estaba cerca.
– Siento que no tenga armario, pero puedes colgar tus cosas aquí.
Abrió una puerta que conducía a una parte del sótano sin terminar, la cual contenía la lavadora y los accesorios de la misma.
Brian avanzó hacia ella, que retrocedió mientras él asomaba la cabeza por la puerta del cuarto de la lavadora. Había un colgadero con perchas vacías, que las corrientes de aire procedentes de la abertura de la puerta hacían tintinear.
– Aquí no hay baño, pero usa la bañera o la ducha de arriba siempre que quieras.
– Todo esto da cien vueltas al «POS» de la base, especialmente en Navidades.
Theresa observó lo bien hecho que estaba el nudo de su corbata, el modo en que la chaqueta azul perfilaba el pecho y los hombros, sobre el azul más claro de la camisa, lo bien que le quedaba la gorra de líneas rectas sobre su rostro de líneas igualmente rectas.
