
Jeff alcanzó a verla al mismo tiempo que ella percibía cómo los labios de aquél formaban su nombre. Pero a los dos hermanos les esperaban una rampa con pasamanos de unos diez metros de longitud y lo que parecía la cuarta parte de la población de Minneapolis dando la bienvenida a los recién llegados.
– Ahí está -volvió a leer Theresa en sus labios, a la vez que le observaba abrirse camino hacia el final de la rampa.
Theresa apenas reparó en el compañero de su hermano cuando se lanzó hacia sus brazos. Rodeó el cuello de Jeff con los suyos mientras él la levantaba por los aires dando vueltas como un loco. Los hombros de Jeff eran anchos y duros, y su cuello olía a lima. A Theresa se le llenaron los ojos de lágrimas mientras él se reía abrazado a ella.
Jeff la dejó en el suelo, bajó la cabeza y sonrió.
– Hola, cara guapa -dijo emocionadamente.
– Hola, mocoso -respondió ella también embargada por la emoción.
Luego intentó reír, pero sólo consiguió emitir un sollozo sofocado y volvió a ocultar la cara en el pecho de su hermano, avergonzada repentinamente por la presencia del otro hombre.
– ¿No te lo había dicho? -oyó que decía Jeff con voz divertida.
– Sí, me lo habías dicho -contestó el desconocido con voz profunda.
Theresa se echó hacia atrás.
– ¿Qué le has contado?
Jeff la miró con expresión burlona.
– Que eres una tonta sentimental. Fíjate, lágrimas por todas partes, hasta en mi uniforme.
Jeff examinó la solapa de su guerrera, donde había una mancha oscura.
– Oh, lo siento -se lamentó Theresa-. Es que estoy tan contenta de verte…
Restregó la mancha de la guerrera mientras su hermano le pasaba un dedo justo debajo de un ojo.
– Lo sentirías más si pudieras ver cómo esas lágrimas hacen resaltar las arrugas que tanto te molestan.
Theresa apartó de un manotazo el dedo de Jeff y se frotó los ojos tímidamente.
– No te preocupes de eso, Theresa. Venga, voy a presentarte a Brian.
