
Jeff puso un brazo alrededor de los hombros de Theresa y se volvió hacia su amigo.
– Este es el faro de mi vida, que nunca me deja perseguir mujeres, fumar hierba o conducir cuando bebo. -Al decir esto último, guiñó un ojo descaradamente-. Así que será mejor que no le contemos lo que hicimos anoche, ¿de acuerdo, Scanlon?
Pellizcó el brazo a su hermana y le sonrió cariñosamente: sus burlas no disimulaban en absoluto la nota de orgullo que había en su voz.
– Mi hermana mayor, Theresa. Theresa, éste es Brian Scanlon.
Ella vio primero la mano, de dedos fuertes y alargados, extendida en ademán de saludo. Pero tenía miedo de levantar la vista y ver dónde reposaba su mirada. Afortunadamente, el modo en que Jeff había puesto el brazo le permitió esconderse a medias detrás de él, a la vez que extendía su propia mano.
– Hola, Theresa.
Ya no podía evitarlo. Levantó la vista hacia su rostro, pero él estaba mirándola directamente a los ojos, sonriendo. ¡Y qué sonrisa!
– Hola, Brian.
– He oído muchas cosas de ti.
«También yo he oído mucho de ti», pensó, pero contestó alegremente:
– No lo dudo, mi hermano nunca fue capaz de guardar un secreto.
Brian Scanlon se rió y sostuvo la mano de Theresa en un fuerte apretón.
De pronto comprendió con claridad por qué algunas mujeres perseguían a los soldados sin ningún pudor.
– No te preocupes, sólo me ha contado cosas buenas.
Theresa apartó la mirada de aquellos ojos verdes y cristalinos, que eran mucho más atractivos que en las fotografías enviadas por Jeff. Entonces Brian soltó su mano y se colocó a su otro costado mientras se dirigían a recoger el equipaje.
– Aparte de alguna de nuestras travesuras infantiles, como la vez que robaste un puñado de tabaco de pipa y me enseñaste a liarlo con esos papeles blancos que vienen en las permanentes caseras, y los dos nos mareamos con las sustancias químicas del papel; y la vez…
