
Estaba claro para Brian que aquel recibimiento había tomado las proporciones de un auténtico acontecimiento en los corazones de la familia, incluso antes de que Theresa continuara.
– Y no puedes imaginarte lo que ha hecho papá.
Jeff sólo sonrió interrogante.
– Prepárate para ésta, Jeff. Llevó tu vieja Stella a Viking Music para que le pusieran cuerdas nuevas y la limpiaran, y la ha dejado en el rincón de la sala donde siempre solías dejarla.
– ¡Bromeas!
– En absoluto.
– ¿Sabes las veces que nos amenazó a mí y a mi vieja guitarra de quince dólares con echarnos de casa si no dejábamos de castigar sus tímpanos con todo nuestro alboroto?
Justo entonces avanzó hacia ellos un petate militar y Jeff se inclinó hacia delante para recogerlo. Aún no lo había dejado en el suelo, cuando apareció la funda de una guitarra. Cuando se inclinó para cogerla, Theresa exclamó:
– ¡Tu guitarra! ¿Traes tu guitarra?
– Guitarras. Traemos los dos.
Theresa levantó la vista hacia Brian Scanlon, recordando que también él tocaba. Le cogió observándola a ella en vez de al equipaje y apartó la vista rápidamente.
– No podemos permitir que los callos se ablanden -explicó Jeff-, y en todo caso dos semanas sin tocar es más de lo que podemos soportar, ¿no es cierto, Scan?
– Cierto.
– Pero prometo que tocaré algo con la vieja Stella para papá.
Una segunda funda de guitarra bajó dando botes por la cinta transportadora, seguida de otro petate, y Theresa observó los anchos hombros de Brian cuando se inclinó a recogerlos. Una mujer joven que había justo detrás de él estaba echándole un vistazo cuando se incorporó y se dio la vuelta. El extremo de la guitarra rozó su cadera y Brian se disculpó inmediatamente.
La rubia le lanzó una sonrisa y dijo:
– Siempre que quieras, soldado.
Brian se detuvo por un momento, y luego murmuró discretamente:
