
Observando desde atrás a los dos hermanos, Brian no pudo evitar sentir un poco de envidia por la camaradería natural que demostraban. No se habían visto durante un año y aun así se trataban como dos buenos amigos que se vieran a diario, burlándose el uno del otro cariñosamente y con toda confianza. «No saben lo afortunados que son», pensó.
Las cintas transportadoras de equipaje estaban muy concurridas, pues sólo faltaban dos días para la Navidad y el tráfico de viajeros pasaba por un momento álgido. Mientras esperaban, Brian permaneció detrás escuchando cómo los Brubaker intercambiaban noticias familiares.
– Papá y mamá querían venir a recogerte, pero al final me tocó a mí porque hoy era el último día de colegio antes de las vacaciones. Salí a las dos, justo después de que acabara el festival de Navidad, pero ellos tenían que trabajar hasta las cinco, como de costumbre.
– ¿Cómo están?
– ¿Tienes que preguntarlo? Absolutamente atolondrados. Mamá ha estado haciendo pasteles y guardándolos en el congelador, preocupada porque no estaba segura de que el de calabaza fuera aún tu favorito. Por otro lado, papá no dejaba de preguntarle: «Margaret, ¿has comprado alguna de esas tartas de jengibre que le gustan a Jeff?» Ayer hizo un bizcocho de chocolate y luego descubrió que papá había cogido un pedazo. Chico, entonces sí que se armó una buena. Cuando le regañó y le informó de que había hecho el bizcocho de postre para esta noche, papá salió cabizbajo y fue a la gasolinera para lavar el coche y llenar el depósito para ti. No creo que ninguno de los dos haya pegado ojo anoche. Esta mañana mamá estaba de lo más gruñona, pero ya sabes cómo se pone cuando está excitada… en el momento que te vea se le pasará. Sobre todo estaba enfadada porque tenía que trabajar hoy, cuando hubiera preferido quedarse en casa a prepararlo todo y luego venir al aeropuerto.
