Le llevaron un teléfono. Su madre, doña María, la duquesa viuda de Sandoval, lo llamaba para pedirle que fuera a almorzar con ella en la casa que ella tenía en Sevilla. No le venía bien. Tendría que cambiar todas sus citas de negocios en el banco. Sin embargo, Leandro, consciente de que pasaba muy poco tiempo con sus parientes, accedió de mala gana.

Mientras se tomaba un café, sus brillantes ojos oscuros descansaron sobre el retrato de cuerpo entero de su difunta esposa, Aloise, que colgaba de la pared opuesta. Se preguntó si alguien de la familia se había percatado que sólo faltaban dos días para el primer aniversario de su muerte. Aloise había sido su amiga de la infancia y su muerte había dejado un profundo vacío en su ordenada vida. Se preguntó si alguna vez podría superar el sentimiento de culpabilidad por el trágico fallecimiento de aquélla y decidió que lo mejor sería pasar ese día fuera de España, trabajando en Londres. Era un hombre muy sentimental.

Se pasó la mañana muy ocupado trabajando en el Banco Carrera, una institución que llevaba ocupándose de las fortunas de los mismos clientes desde hacía generaciones y donde los servicios de Leandro como uno de los banqueros de inversiones de más éxito en todo el mundo estaban muy demandados. Era un hombre inteligente y dotado para la inversión de bienes y mantenimiento de las grandes fortunas, y se le consideraba un genio a la hora de analizar los mercados monetarios mundiales. Jugar con cifras complejas le gustaba y le satisfacía plenamente. Los números, al contrario de las personas, resultaban fáciles de comprender y de tratar.

Cuando llegó a la cita que tenía para almorzar con su madre, se sorprendió al ver que su tía Isabel, la hermana de su madre, y sus dos hermanas, Estefanía y Julia, estuvieran también presentes.



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