
– Sentía que había llegado el momento de hablar contigo -murmuró doña María mientras tomaban un aperitivo.
Leandro la interrogó con la mirada.
– ¿Sobre qué, precisamente? -dijo frunciendo las negras cejas.
– Ya llevas viudo un año -respondió Estefanía.
– ¿De verdad crees que necesitas recordármelo? -replicó secamente Leandro.
– Ya has estado de luto el tiempo adecuado. Ha llegado la hora de que vuelvas a pensar en casarte -le informó su madre.
– No estoy de acuerdo -repuso él secamente, sin expresión alguna en el rostro.
Julia se decidió a intervenir.
– Nadie va a poder reemplazar a Aloise, Leandro. Ni nosotros lo esperamos ni tú puedes…
– Debes anteponer la continuidad del título de nuestra familia -afirmó doña María con gravedad-. En la actualidad, no hay heredero alguno ni para el título ni para las propiedades familiares. Tienes treinta y tres años. El año pasado, cuando murió Aloise, todos aprendimos lo frágil y caprichosa que puede ser la vida. ¿Y si te ocurriera a ti algo similar? Debes casarte y engendrar un heredero, hijo mío.
El gesto con el que Leandro apretó los labios hubiera desanimado a cualquiera a seguir hablando del tema. No tenía necesidad alguna de que le recordaran aquel detalle, cuando se había pasado la vida consciente de sus responsabilidades. Efectivamente, no había conocido ni una hora de libertad de la pesada carga de las expectativas que acompañaban a su privilegiado estatus social y a su gran riqueza. Se le había educado en las mismas tradiciones que a sus antepasados: el deber, el honor y la familia eran lo primero. Sin embargo, por fin una excepcional chispa de rebeldía estaba prendiendo dentro de él.
– Conozco perfectamente esos hechos, pero no estoy listo para volver a casarme otra vez -replicó secamente.
– Me pareció que te ayudaría si nosotros redactáramos una lista de posibles candidatas para ayudarte -respondió doña María con una amplia sonrisa.
