Cuando Bosch oyó que lo llamaban por la línea uno pensó que sería una respuesta desde Miami. No lo era.

– Bosch -dijo al descolgar el teléfono.

– Freddy Olivas. Homicidios, división del noreste. Estoy en Archivos, buscando un expediente que dicen que usted ya ha firmado.

Bosch se quedó un momento en silencio mientras vaciaba la mente del caso Matarese. No conocía a Olivas, pero el nombre le resultaba familiar. Simplemente no conseguía situarlo. Por lo que a firmar informes respectaba, su trabajo consistía en revisar viejos casos y buscar formas de utilizar los avances de la ciencia forense para resolverlos. En un momento cualquiera, él y Rider podían tener hasta veinticinco casos de Archivos.

– He sacado muchos casos de Archivos -dijo Bosch-, ¿de cuál estamos hablando?

– Gesto. Marie Gesto. Es un caso del año noventa y tres.

Bosch no respondió enseguida. Sintió un nudo en el estómago. Siempre le ocurría cuando pensaba en Gesto, incluso trece años después. En su mente, siempre surgía la imagen de aquellas prendas tan cuidadosamente dobladas en el asiento delantero del coche de la víctima.

– Sí. Tengo el expediente. ¿Qué ocurre?

Se fijó en que Rider levantaba la mirada de su trabajo al registrar el cambio en su tono de voz. Sus escritorios estaban tras una mampara y colocados uno frente a otro, de manera que Bosch y Rider se veían las caras mientras trabajaban.

– Es un asunto delicado -dijo Olivas-. Información privilegiada. Está relacionado con un caso en curso y el fiscal quiere revisar el expediente. ¿Puedo pasarme por ahí a recogerlo?

– ¿Tiene un sospechoso, Olivas?

Olivas no respondió de inmediato y Bosch arremetió con otra pregunta.

– ¿Quién es el fiscal?

Tampoco hubo respuesta. Bosch decidió no rendirse.



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