– ¿Crees que Gesto puede estar relacionada con Waits? -preguntó Rider.

– Ese nombre no surgió nunca en el noventa y tres -dijo Bosch-. Ni tampoco Echo Park.

Sonó el teléfono, y Bosch lo cogió enseguida.

– Casos Abiertos. Habla el detective Bosch, ¿en qué puedo ayudarle?

– Olivas. Traiga el archivo a la planta dieciséis a las once en punto. Le esperará Richard O'Shea. Está dentro, campeón.

– Allí estaremos.

– Espere un momento: ¿qué es eso de estaremos? He dicho usted, usted estará allí con el expediente.

– Tengo una compañera, Olivas. Iré con ella.

Bosch colgó sin decir adiós. Miró a Rider.

– Empezamos a las once.

– ¿Y Matarese?

– Ya veremos.

Pensó en la situación por un momento, luego se levantó y se acercó al armario cerrado que había detrás de su escritorio. Sacó el expediente Gesto y volvió a colocarlo en su sitio. Desde que el año anterior había vuelto al trabajo tras su retiro, había sacado el expediente de Archivos en tres ocasiones diferentes. Cada vez ¡o había leído a conciencia, había hecho algunas llamadas y visitas y había hablado con algunos de los individuos que habían surgido en la investigación trece años antes. Rider conocía el caso y lo que significaba para Bosch. Le daba espacio para que trabajara en él cuando no había nada más apremiante.

Pero el esfuerzo no dio frutos. No había ADN, ni huellas, ni indicios sobre el paradero de Gesto -aunque a él no le cabía duda de que estaba muerta- ni tampoco ninguna pista sólida de su captor. Bosch había insistido repetidamente en el único hombre que había estado más cerca de ser un sospechoso, pero no había llegado a ninguna parte. Era capaz de trazar los pasos de Marie Gesto desde su apartamento al supermercado, pero no más allá. Tenía su coche en el garaje de los apartamentos High Tower, pero no podía llegar a la persona que lo había aparcado allí.



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