un inquilino, así que deja pasar unos días, pero al ver que el coche sigue allí empieza a preguntar a los residentes. Nadie conoce el coche, nadie sabe de quién es. Así que nos llama porque empieza a pensar que podría ser robado, dado que faltan las placas de matrícula. Mi compañero y yo teníamos la orden de búsqueda de Gesto en la visera del coche patrulla. En cuanto llegamos aquí lo entendimos enseguida.

Bosch asintió con la cabeza y se acercó al garaje. Respiró profundamente por la nariz. Marie Gesto llevaba diez días desaparecida. Si estaba en el maletero, lo sabría por el olor. Su compañero Jerry Edgar se unió a él.

– ¿Algo? -preguntó.

– No lo creo.

– Bien.

– ¿Bien?

– No me gustan los casos de maletero.

– Al menos tendríamos a la víctima para trabajar.

Era sólo parloteo mientras Bosch escrutaba el coche, buscando algo que pudiera ayudarles. Al no ver nada, sacó un par de guantes de látex del bolsillo del abrigo, los sopló como globos para extender la goma y se los puso. Levantó los brazos como un cirujano que accede a una sala de operaciones y se colocó de lado para entrar en el garaje y acercarse a la puerta del conductor sin tocar ni alterar nada.

Bosch se adentró en la oscuridad de la cochera. Se apartó unas telarañas de la cara. Volvió a salir y preguntó al agente de patrulla si podía prestarle la linterna Maglite que éste llevaba en el cinturón. De nuevo en el garaje, la encendió y enfocó el haz de luz a las ventanas del Honda. Lo primero que inspeccionó fue el asiento de atrás, donde vio las botas de montar y el casco. Había una bolsa pequeña de plástico junto a las botas con el logo del supermercado Mayfair. No tenía forma de saber lo que había en la bolsa, pero comprendió que eso abría una vía de investigación en la cual no habían pensado antes.

Siguió avanzando. En el asiento del pasajero se fijó en una pequeña pila de ropa bien doblada encima de un par de zapatillas de correr.



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