– ¿Dónde está el gerente? -le preguntó al agente de patrulla con dos galones en las mangas.

– Ha vuelto a subir. Ha dicho que cojan el ascensor hasta el final y que su casa es la primera al otro lado del pasillo.

– Vale, vamos arriba. Espere aquí al equipo de Forense y a la grúa. No deje que los de la grúa toquen el coche hasta que la gente de Forense eche un vistazo.

– Claro.

El ascensor de la torre era un pequeño cubo que rebotó con el peso de los detectives cuando Edgar abrió la puerta corredera y entraron. La puerta se cerró automáticamente y tuvieron que deslizar asimismo una puerta interior de seguridad. Sólo había dos botones, 1 y 2. Bosch pulsó el 2 y la cabina inició el ascenso dando una sacudida. Era un espacio reducido, con capacidad para cuatro personas a lo sumo antes de que la gente tuviera que empezar a degustar el aliento del vecino.

– ¿Sabes qué? -dijo Edgar-. Aquí nadie tiene piano, eso seguro.

– Brillante deducción, Watson -dijo Bosch.

En el nivel superior abrieron las puertas y salieron a una pasarela de hormigón que estaba suspendida entre la torre y los apartamentos construidos en la ladera. Bosch se volvió y admiró una vista que, más allá de la torre, abarcaba casi todo Hollywood y regalaba la brisa de la montaña. Levantó la mirada y vio un gavilán colirrojo encima de la torre, como si los estuviera observando.

– Vamos -dijo Edgar.

Al volverse, Bosch vio que su compañero señalaba un corto tramo de escaleras que conducía a las puertas del apartamento. Vieron un cartel que ponía Gerente debajo de un timbre. Antes de que llegaran, un hombre delgado y de barba blanca abrió la puerta. Se presentó como Milano Kay, el gerente del complejo de apartamentos. Bosch y Edgar mostraron sus placas y le preguntaron si podían ver el piso vacante al cual estaba asignado el garaje con el Honda. Kay los acompañó.



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