
– No hay problema.
– Y vamos a necesitar hablar con el resto de inquilinos para ver si alguien vio cómo dejaban el coche en elgaraje. Trataremos de no ser entrometidos.
– No hay problema con eso. Veré qué números de teléfono puedo encontrar.
Salieron del apartamento y Kay los acompañó al ascensor. Se despidieron del gerente. La cabina de acero dio bandazos otra vez antes de empezar a descender con más suavidad.
– Harry, no sabía que te gustara Italia -dijo Edgar.
– No he estado nunca.
Edgar asintió con la cabeza, dándose cuenta de que había sido una táctica para hacer hablar a Kay y obtener información de coartada.
– ¿Estás pensando en él? -preguntó.
– No. Sólo contemplo todas las posibilidades. Además, si fue él, ¿por qué poner el coche en el garaje de su propia casa? ¿Por qué llamar?
– Sí. Pero quizás es lo bastante listo para saber que pensaríamos que es lo bastante listo para no hacer eso, ¿entiendes? A lo mejor es más listo que nosotros, Harry. Quizá la chica fue a ver el apartamento y las cosas se torcieron. Oculta el cadáver, pero sabe que no puede mover el coche porque podría pararle la policía. Así que espera diez días y llama como si pensara que podría ser robado.
– Entonces quizá deberías verificar su coartada italiana, Watson.
– ¿Por qué yo soy Watson? ¿Por qué no puedo ser Holmes?
– Porque Watson es el que habla demasiado.
– ¿Qué te preocupa, Harry?
Bosch pensó en la ropa cuidadosamente doblada en el asiento delantero del Honda. Sintió de nuevo esa presión en las entrañas, como si su cuerpo estuviera atado y estuvieran tensando la cuerda por detrás.
– Lo que me preocupa es que tengo un mal presagio.
– ¿Qué clase de mal presagio?
– El presagio de que nunca la encontraremos. Y si no la encontramos a ella, no lo encontraremos a él.
