

Alejo Carpentier
Ecue-Yamba-O
Prólogo
En un artículo de juventud, Carlos Marx define la vanguardia como una actividad filosófica, situada en las avanzadas de la lucha social, vista como «un factor poderoso en la lucha por una transformación radical de la sociedad» [1]. Así: «del mismo modo que la filosofía halla en el proletariado su arma material, el proletariado halla en la filosofía su arma espiritual». El sentido de la palabra vanguardia estaba, pues, perfectamente definido en cuanto a lo intelectual desde los días en que Marx, en ese mismo texto («Crítica de la filosofía del derecho de Hegel») traza un certero aunque breve cuadro de las múltiples manifestaciones de la ideología conservadora y reaccionaria.
Sin embargo, en la década 1920-1930, la palabra «vanguardia», separada inesperadamente de su contexto político, cobra, por un tiempo, un nuevo significado. Ante un brote de ideas nuevas, en lo pictórico, en lo poético, en lo musical, los críticos y teorizantes califican de vanguardia todo aquello que rompe con las normas estéticas establecidas -con lo académico, lo oficial y lo generalmente preferido por el «buen gusto» burgués. Y se llama «vanguardista» a todo pintor, músico o poeta que, independientemente de cualquier definición política, rompe con la tradición en cuanto a la técnica, invención de formas, experimentos en los dominios de la literatura, el teatro, el sonido, el color, en busca de expresiones inéditas o re-novadoras, animado por un juvenil e impetuoso afán de originalidad.
Así, nacen los «ismos» («vanguardismos») en todas partes. Tras del Futurismo italiano, del Suprematismo ruso, del Cubismo parisiense
