
(anteriores a la Primera Guerra Mundial), es el Dadaísmo
nacido en Zurich hacia el año 1917, pronto seguido por el Ultraísmo
español,movimientos estos que no tardan en tener repercusiones en América Latina, a partir de los años 1922-1923, con el Estridentismo
mexicano (en el cual se destacaron muy especialmente los poetas Manuel Maples Arce y Arqueles Vela…) y otros ismos,
más o menos diluidos, entre Buenos Aires y La Habana, en revistas que se titularon Proa, Hélice, Vértice, Espiral,
o, en Cuba, sencillamente: Revista de Avance
(«avance», por no decir «vanguardia»).Y, mientras aparecían los códigos de tales movimientos con los libros muy difundidos que fueron, en nuestro idioma, El Cubismo y otros ismos
de Ramón Gómez, de la Serna y Literaturas europeas de vanguardia
de Guillermo de Torre, nacía en París, sobre las ruinas de un Dadaísmo
que había querido destruirse a si mismo, el que habría de ser el último y más importante ismo
artístico y poético de este siglo: el Surrealismo.
Encarcelado por la policía de Machado en 1927, para burlar el tedio del encierro en la prisión que entonces se alzaba en Prado No. 1 (dándose el caso singular, surrealista si se mira bien, de que el siniestro edificio se inscribiera en la bella avenida que era el lugar de paseo preferido por la burguesía habanera de aquellos años), pensé en escribir lo que habría de ser mi primera novela: Ecue-Yamba-O, libro que se resiente de todas las angustias, desconciertos, perplejidades y titubeos que implica el proceso de un aprendizaje. Para todo escritor es ardua la empresa de escribir una primera novela, puesto que los problemas del qué y del cómo, fundamentales en la práctica de cualquier arte, se plantean de modo imperioso ante quien todavía no ha madurado una técnica ni ha tenido el tiempo suficiente para forjarse un estilo personal. En ese momento, suele recurrirse a la imitación más o menos manifiesta de un buen modelo adaptado a las propias voliciones.