Pronto aparecen los emigrantes gallegos. Arrastran alpargatas, y sus caras, cubiertas de granos, eliminan los vinillos ácidos de la montaña. Hacinados como arenques en el barco francés que los trajo de La Coruña, se apretujan de nuevo en los barracones que les son señalados. Algunos polacos tenaces se improvisan tenduchos sobre el vientre, ofreciendo mancuernas de hueso, cuellos de seda tornasolada, ligas púrpura y preservativos alemanes disimulados en cajas de cerillas. Los horticultores asiáticos se arrodillan en el huerto de la casa vivienda con gestos de cartomántica. Los almacenistas chinos invierten millares de dólares en balas y toneles que les son enviados por Sung-Sing-Lung -cacique alimenticio del barrio amarillo de la capital-, con el fin de librar ruda competencia a la bodega del Central, recientemente abierta para ordeñar al bracero las monedas que acaban de dársele. En las fondas se descargan placas de tasajo y secciones de bacalao; un saco roto deja caer garbanzos en cascada sobre un cerdo que chilla. Dos isleños luchan en una etiqueta de gofio. El hotel americano hace barnizar su bar de falsa caoba. Hay cigarrillos extranjeros con las figuras de príncipes bizcos. Ladrillos de andullo envueltos en papel plateado. Fátimas con odaliscas. Marcas que ostentan escudos reales, khedives o mocasines indios. Los cafetuchos y cantinas se aderezan. Cien alcoholes se sitúan en los estantes. La caña santa, que huele a tierra. Los rones “de garrafón”. Los escarchados turbios, cuyas botellas-acuarios encierran un retoño de azúcar candi. En algunas etiquetas bailan militares con sayo de whiskis escoceses. Carta blanca. Carta de oro. Las estrellas de coñac se vuelven constelaciones.



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