
Después de varios meses de calma -calma de alta mar sin brisa-, al final de un otoño calcinado por polvaredas y aguaceros tibios, una brusca actividad cundía por las campiñas en vísperas de Nochebuena. Los trenes venían cargados de cajas, piezas consteladas de tuercas, tambores de hierro. Cilindros rodantes, pintados de negro, se alineaban en las carrileras muertas. Los colonos iban y venían. En las tierras, en el caserío, sólo se pensaba en reparar carretas, afilar mochas, limpiar calderas y llenar de grasa las cazoletas de frotación. La piedra gemía bajo el filo del machete. Las bestias husmeaban con inquietud. Por las noches, a la luz de los quinqués, se veían danzar sombras de todos los bohíos… Entonces comenzaba la invasión. Tropeles de obreros. Capataces americanos mascando tabaco. El químico francés que maldecía cotidianamente al cocinero de la fonda. El pesador italiano, que comía guindillas con pan y aceite. El inevitable viajante judío, enviado por una casa de maquinaria yanqui. Y luego, la nueva plaga consentida por un decreto de Tiburón dos años antes: escuadrones de haitianos harapientos, que surgían del horizonte lejano trayendo sus hembras y gallos de pelea, dirigidos por algún condotiero negro con sombrero de guano y machete al cinto. Los campamentos de cortadores se organizaban alrededor de cabañas de fibra y hoja, que evocaban los primeros albergues de la Humanidad. Los rescoldos calentaban las bazofias de congrí que negros doctos en patuá engullirían durante semanas enteras. Después llegaban los de Jamaica, con mandíbulas cuadradas y over-alls descoloridos, sudando agrio en sus camisas de respiraderos. Con ellos venían madamas ampulosas, llevando anchos sombreros de plumas, tan arcaicos y complicados como los que todavía lucen en sus fotografías las princesas alemanas. El alcohol a fuertes dosis y el espíritu de la Salvation Army entraban en escena inmediatamente, en lógico encadenamiento de causas y efectos.
