La cucaracha del Central alardea de locomotora verdadera. Crecen dunas de cachaza. La escoria de la miel engordará vacas americanas. Todo se crea; nada se pierde. La fábrica ronca, fuma, estertora, chifla. La vida se organiza de acuerdo con sus voluntades. Cada seis horas se le envían centenares de hombres. Ella los devuelve extenuados, pringosos, jadeantes. Por las noches arden en la obscuridad como un trasatlántico incendiado. Nadie contraría sus caprichos. Todos los relojes se ponen de acuerdo cuando suenan sus toques de sirena.

Y esto dura meses.

2 Paisaje (b)

Cuando las lentas carretas de caña, pesadas, renqueantes, llegaban frente al bohío del viejo Cué, las picas se alzaban, y se descansaba un instante al amparo del gran tamarindo con sombras de encaje. Belfos en tierra, los bueyes resoplaban como motores recalentados, abanicándose las ancas con la cola. Los hombres dejaban caer sus sombreros y, con dos dedos, se desprendían de la frente un lodo de sudor y polvos rojizos. Un vaho tembloroso se alzaba sobre las hierbas cálidas. Las palmeras estaban quietas como plantas de acuario. Las palmacanas crepitaban en sordina. Había huelga en el aserradero de los grillos. Al mediodía el sol era tan grande que llenaba todo el cielo.

Los guajiros se acercaban entonces a una claraboya tallada a machetazos en el seto de cardón, y saludaban a la comadre Salomé, que manipulaba trapos mojados junto al platanal. Ella inmovilizaba sus manos negras en el agua lechosa:

– ¿Y por allá? ¿Y lo’ muchacho…?

Los carreteros trepaban nuevamente por las escalas redondas de las altas ruedas. Las bestias empujaban el yugo. Y se rodaba, cuesta abajo, hacia la carretera del Central, arrancando lamentaciones a las maderas mal encajadas. Volando muy alto, las auras parecían sostener las nubes petrificadas sobre sus alas abiertas.

3 Natividad



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