Aquella mañana Salomé trabajaba rudamente. Sus gruesas manos arremolinaban la espuma de la batea, amasando paños con ruido de mascar melcocha.

– ¡Demonio! ¡Lo que es laval guayaberas embarrás de tierra colorá!

De cuando en cuando un mocoso prorrumpía en sollozos dentro del bohío.

– ¡Barbarita, sinbelgüenza; suet’ta a tu em’manito!

Pero los chillidos volvían a oírse con una intermitencia monótona. Cerdos negros y huesudos gruñían melancólicamente en el batey, mordisqueando semillas secas y haciendo rodar viejas latas de leche condensada. Junto al platanal, una choza de guano cobijaba restos de tinajas rotas y una “pipa” de agua, hirviente de gusarapos, montada en rastra triangular.

Salomé se sentía nerviosa y adolorida. Ya se disponía a tender la ropa al sol, llevándola sobre su vientre abultado, cuando sintió unas punzadas que conocía de sobra. Era como si le ladraran en las entrañas. Algo comenzaba a desplazarse dentro de ella; algo que, buscando un nuevo equilibrio, promovía linfas, desgarres y resabios de la carne… Soltó el fardo y corrió hacia la cabaña. Se dejó caer sobre su cama de sacos, rodeada por el cloqueo de las gallinas que acudían en bandadas.

– Barbarita, corre a buscal a Luisa y dile que venga enseguía, que voy a dal a lú…

La rapaza echó a correr, haciendo sonar sordamente sus pies desnudos en el suelo de tierra apisonada.

Cuando apareció la vieja Luisa, acompañada de su prole curiosa, Salomé restregaba con el borde de sus faldas un horrendo trozo de carne amoratada. Un nuevo cristiano enriquecía la ya generosa estirpe de los Cué.

– ¡Ay, comadre! ¿Cómo no me mandó a llamal ante?

¡No había cuidado! Esta era materia harto repasada por Salomé. Lo que sí le pediría a la comadre era que alineara a lo largo de una cuerda, junto al almacigo, las ropas mojadas que había dejado abandonadas entre las hierbas.

– Lo cochino, sinbelgüenza, deben haberla ensuciao toa con e’jocico.



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