De quién se fía es de la Virgen María, de la hostia consagrada que se ha de celebrar con la leche de los pechos virginales de la Madre. Por eso me he de ver libre de prisiones, ni seré herido ni atropellado, ni mi sangre derramada, ni moriré de muerte repentina, y también me encomiendo a la Santa Veracruz. Dios conmigo y yo con Él; Dios delante, yo detrás de Él. Jesús, María y José.”

6 Bueyes

Hacía tiempo ya que una obscura tragedia se cernía sobre los campos que rodeaban el Central San Lucio. A medida que subía el azúcar, a medida que sus cifras iban creciendo en las pizarras de Wall Street, las tierras adquiridas por el ingenio formaban una mancha mayor en el mapa de la provincia. Una serie de pequeños cultivadores se habían dejado convencer por las ofertas tentadoras de la compañía americana, cediendo heredades cuyos títulos de propiedad se remontaban a más de un siglo. Las fincas de don Chicho Castañón, las de Ramón Rizo, las de Tranquilino Moya y muchas más habían pasado ya a manos de la empresa extranjera… Usebio terminó por verse rodeado de plantíos hostiles, cuyas cañas, trabajadas por administración, gozaban siempre del derecho de prioridad en tiempos de molienda. No le habían faltado proposiciones de compra. Pero cada vez que “le venían con el cuento” Usebio respondía, sin saber exactamente por qué, con la testarudez del hombre apegado al suelo que le pertenece:

– Ya veremo… Ya veremo… Deje que pase e’ tiempo…

Dejaron pasar el tiempo. Y un año en que la caña había crecido particularmente vigorosa y apretada, Usebio se encontró ante un problema que se le planteaba por primera vez: la Compañía declaraba tener bastante con las cañas cultivadas en tierras propias, y se negaba a comprarle las suyas.



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