¡Y sólo con el San Lucio podía contarse, ya que los otros ingenios estaban demasiado lejos y no había más ferrocarriles disponibles que los de la empresa misma…! Después de una noche de furor y maldiciones, durante la cual pidió al cielo que las madres de todos los americanos amanecieran entre cuatro velas, Usebio ensilló la yegua y fue al ingenio, resuelto a vender su finca. ¡Pero ahora resultaba que ya sus tierras no interesaban a la Compañía yanqui…! Luego de mucha discusión, Usebio tuvo que contentarse con la mitad de la suma propuesta el año anterior, suma otorgada como un favor digno de agradecimiento. ¡Y eso que el azúcar, después de alcanzar cotizaciones sin precedente, estaba todavía a más de tres centavos libra y aún no habían muerto del todo las miríficas “vacas gordas”, incluidas para siempre en el panteón de la mitología antillana! Así fue como la finca de los Cué se redujo, del día a la mañana, a un simple batey con un potrero. Por temor a las asechanzas del futuro y presintiendo que su magra fortuna se le iría en conservas americanas, tasajos porteños y garbanzos españoles. Usebio invirtió parte del dinero recibido en un negocio cuyas acciones -a su parecer sin alzas ni bajas- conservaba para su prole: la compra de dos carretas y dos yuntas de bueyes… Las bestias eran majestuosas y tenaces; sus flancos vibraban eléctricamente al contacto de las guasasas y mil pajuelas doradas flotaban en el agua de sus ojos sin malicia. Habían sido castradas entre dos piedras, y, siguiendo una criollísima tradición bucólica, las de la primera pareja se llamaban Grano de Oro y Piedra Fina; las de la segunda, Marinero y Artillero. Obedecían a la palabra. Muy pocas veces había que hincarlas con la aguijada.

– ¡Arriba, Grano de Oro! ¡Arriba, Piedra Fina…!

Grano de Oro era amarillo como las arenas bajo el sol.



19 из 151