Un tocador sacudía rabiosamente sus maracas a la altura de las sienes, haciéndolas alternar con cencerros de latón. Para salpimentar la sinfonía de monosílabos, una baqueta de hierro golpeaba pausadamente un pico de arado, con cadencia alejandrina, mientras otro de los virtuosos rascaba la dentadura de una quijada de buey rellena de perdigones. Palitos vibrantes fingían un seco entrechocar de tibias, avecindando con el bucráneo filarmónico, y el envase de chicle transformado en cajón. Música de cuero, madera, huesos y metal, ¡música de materias elementales!… A media legua de las chimeneas azucareras, esa música emergía de edades remotas, preñadas de intuiciones y de misterio. Los instrumentos casi animales y las letanías negras se acoplaban bajo el signo de una selva invisible. Retardado por alguna invocación insospechada, el sol demoraba sobre el horizonte. En las frondas, las gallinas alargaban un ojo amarillo hacia el corro de sombras entregadas al extraño maleficio sonoro. Un hondo canto, con algo de encantación y de aleluya, cundía sobre el andamiaje del ritmo. La garganta más hábil declaraba una suerte de recitativos. Las otras entonaban el estribillo, en coro, borrándose de pronto para dejar solo al director del orfeón:

Señores,Señores:Los familiares del difuntoMe han confiadoPara que despida el dueloDel que en vida fuePapá Montero.

Se pellizcaba una cuerda, redoblaba el atabal y clamaban los demás:

¡A llorar a Papá Montero!¡Zumba!¡Canalla rumbero!

Y las variaciones del allegro primitivo se inventaban sin cesar, hasta que las interrumpiera el cansancio de los músicos… ¡Papá Montero, marimbulero, ñáñigo, chulo y buen bailador! La gesta maravillosa había corrido de boca en boca. ¡Papá Montero, hijo de Chévere y Goyito, amante de María la O! Su silueta parecía revolotear entre las palmas quietas, respondiendo a la llamada del son.



22 из 151