La gran época de Manica en el Suelo, los Curros del Manglar y la Bodega del Cangrejo, se remozaba en las tornasoladas estrofas. Cara negra, anilla de oro en el lóbulo, camisa con mangas de vuelos, pañuelo morado en el cuello, chancleta ligera, jipi ladeado y ancho cinturón de piel de majá, como los que aplicaba el sabio Beruá para curar indigestiones… Papá Montero era de los que abayuncaban en las grandes ciudades que el padre de Menegildo no había visto nunca. Por los cuentos sabía que eran pueblos con muchas casas, mucha política, rumbas y mujeres a montones… ¡Las mujeres eran el diablo! ¡Había que tener el temple de Papá Montero para andarse con ellas! Las décimas y coplas conocidas vivían de lamentaciones por perfidias y engaños… ¿María Luisa, Aurora, Candita la Loca, la negrita Amelia? ¡Eran el diablo!

Anoche te vi bailando,Bailando con la puerta abierta.

El pobre trovadol adoptaba casi siempre acento de víctima:

¡Virgen de Regla,Compadécete de mí,De mí!

Junto a la historia del gran chévere se alzaba el lamento de las cosechas magras:

Yo no tumbo caña,¡Que la tumbe el viento!,¡O que la tumben las mujeresCon su movimiento!

Pero el espíritu de Papá Montero, síntesis de criollismo, hablaba de nuevo por boca de los cantadores:

Mujeres,No se duerman,Mujeres,No se duerman,Que yo me voyPor la madruga,A Palma Soriano,A bailar el son.

Con la lengua encendida por el ron de Oriente, los tocadores aullaban:

A Palma SorianoA bailar el son.A buscar mujeres,Por la madruga;A Palma Soriano,Por la madruga;En tren que sale,Por la madruga;A formar la rumba.Por la madruga;


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