Esa misma noche, no pudiendo dormir a causa de la excitación nerviosa, Menegildo tuvo la revelación de que ciertas palabras dichas en la obscuridad del bohío, seguidas por unas actividades misteriosas, lo iban a dotar de un nuevo hermano. Sintió un malestar indefinible, una leve crispación de asco, a la que se mezclaba un asomo de cólera contra su padre. Le pareció que, a dos pasos de su cama, se estaba cometiendo un acto de violencia inútil. Tuvo ganas de llorar. Pero acabó por cerrar los ojos… Y por vez primera su sueño no fue sueño de niño.

8 Temporal (a)

Cuando Paula Macho supo que venía el ciclón y que el cuartel de la guardia rural había destacado parejas para advertir a los vecinos que, salvo recurva improbable, el huracán pasaría esa misma noche, aquella desprestigiaísima estimó buena la oportunidad para hacer subir sus valores bien menguados. Se colgó un jamo de pesca al hombro y echó a andar por los alrededores del caserío, empujando talanqueras y golpeando puertas para anunciar lo que ya era conocido de sobra:

– ¡E’ siclón! Que ya viene…

En todas partes Paula Macho era recibida con ojos torvos y mentadas de madre en trasdientes. Desde el entierro de su difunto marido, el carnicero Atilano, no había mozo en el pueblo al cual no hubiese desflorado en las cunetas de la carretera. Era una trastorná, y “de contra” cebadora de mal de ojo e invocadora de ánimas solas. Además, nadie olvidaba aquel lío, bastante inquietante, en que se vio envuelta, cuando los haitianos de la colonia Adela profanaron el cementerio para robar un cráneo y varios huesos, destinados a brujería, que nunca fueron encontrados en las viviendas de los acusados. ¿Mujer que había andado manoseando muertos? ¡Sola vaya con su tierra de sementerio…!



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