El pañuelo que Paula llevaba siempre anudado a la cabeza, se iba haciendo visible en el camino que conducía a la casa de Usebio. A cada paso sus pies desnudos se hundían en el barro rojo. Hacía tres días que un cielo plomizo, muy denso, muy bajo, parecía apoyarse en los linderos del valle. La cumbre de un pan lejano era barrido constantemente por las nubes. Violentas ráfagas de lluvia se habían sucedido sin tregua, en un ritmo cada vez más acelerado, hasta aquel mediodía en que un silencio vasto, cargado de amenazas, comenzó a pesar sobre los campos. El calor lastimaba los nervios. Tras del horizonte rodaban piedras de trueno. Los ríos, ya crecidos, acarreaban postes y pencas cubiertos de lodo. El tronco de las palmas estaba surcado por cintas de humedad desde la copa a la raíz. Olía a escaramujos y a maderas podridas. Las auras habían abandonado el paisaje.

– ¡Pasa, perro!

Los ladridos de Palomo anunciaban visita. El rostro de Salomé apareció en la entrada de la cocina, envuelto en un cendal de humo acre.

– Buena’ talde, Paula. ¿Qué la trae por acá?

– E siclón. ¡Que ya viene!

Salomé hizo una mueca. La noticia adquiría relieves de cataclismo en la mala boca de Paula.

– ¡Ya pasó la pareja! -comentó secamente.

– ¡Ay, vieja…! Si lo sé, no vengo… ¡Qué desgrasia! Dio quiera que la casa le aguante e temporal…

– Ya aguantó el de lo cinco día. ¡Será lo que Dio mande!

La trastorná insinuó:

– Otra má fuelte se jan caío… Viendo que estas palabras habían producido en Salomé un previsible malestar, Paula puso en evidencia el jamo, que ya contenía algunas dádivas arrancadas a los vecinos.

– Me voy, entonse…; No tendrá una poquita de ssá? ¿Y una vianda, si tiene?

Salomé dejó caer dos boniatos en el jamo, maldiciendo interiormente la hora en que había nacido la visitante indeseable. Paula se despidió con un “San Lásaro loj acompañe”, y se alejó del bohío por el camino encharcado. Salomé inspeccionó los alrededores de la casa para ver si la desprestigiada no había dejado brujería por alguna parte.



26 из 151