
– ¡Donde quiera que se mete, trae la salación! Paula había desaparecido detrás de una arboleda mascullando insultos:
– ¡Ni café le dan a uno! ¡Quiera Elegná que se les caiga la casa en la cabeza!
Y pensando en la gente que la despreciaba, forjó mil proyectos de venganza para el día en que fuera rica. Y no por lotería, ni por números leídos en las alas de una mariposa nocturna. Todo estaba en que emprendiera viaje a la Bana, para matar la lechuza eme estaba posá en la cabeza del presidente de la República…
Al final de la tarde, la familia se reunió gravemente alrededor de la mesa, que sostenía una palangana azul llena de viandas salcochadas. Una calma exagerada ponía pedal de angustia en el ambiente. Por el camino, algunos guajiros regresaban apresuradamente a sus casas, enfangándose hasta la cintura, sin detenerse siquiera para dejar caer un tímido saludo por el hueco de la cerca. Una temperatura sofocante petrificaba los árboles, haciendo jadear los perros, que se ocultaban bajo los muebles con la cola gacha. Usebio había trabajado todo el día en cavar una fosa al pie de la ceiba, para resguardar, en ella a Menegildo, Barbarita, Tití, Andresito, Ambarina y Rupelto, si el vendaval se llevaba las pencas del techo. ¡Ya se habían visto casos de cristianos arrastrados por el viento! ¡Todavía recordaba el cuento del gallego que había pasado sobre el pueblo como un volador de a peso! ¡Y aquel negro del tiempo antiguo que recorrió tres cuadras agarrado de un cañón y que, al caer, soltaba chispas por el pellejo! ¡Y el ternero que apareció dentro de la pila de agua bendita de una iglesia! ¿Lo siclone? ¡Mala comía…!
Terminada la cena, la familia se encerró en la casa. Usebio claveteó las ventanas, volvió a asegurar las vigas y atravesó tres enormes trancas detrás de cada puerta. Los niños lloriqueaban en las camas. El viejo apagó el tabaco en su palma ensalivada y se tumbó sin hablar. Salomé se entregó a sus oraciones ante las imágenes del altar doméstico…
