
Había, pues, que ser «nacionalista», tratándose, a la vez, de ser «vanguardista». That’s the question… Propósito difícil puesto que todo nacionalismo descansa en el culto a una tradición y el «vanguardismo» significaba, por fuerza, una ruptura con La tradición. De ahí que la ecuación de más y menos, de menos y más, de conciliación de los contrarios, se resolviera, para mi hamlético monólogo juvenil, en el producto híbrido -forzosamente híbrido, aunque no carente de pequeños aciertos, lo reconozco- que ahora va a leerse… Y debo decir que durante años, muchos años, me opuse a la reimpresión de esta novela que vio la luz en Madrid, en 1933, en una empresa editora [3] recién fundada por tres hombres cuyos nombres mucho habrían de sonar en un futuro próximo: Luis Araquistain, Juan Negrin y Julio Alvarez del Vayo. Y digo que me opuse a su reimpresión, porque después de mi ciclo americano que se inicia con El reino de este mundo, veía Ecue-Yamba-O como cosa novata, pintoresca, sin profundidad -escalas y arpegios de estudiante. Mucho había conocido a Menegildo Cué, ciertamente, compañero mío de juegos infantiles. El viejo Luis, Usebio y Salomé -y también Longina, a quien ni siquiera cambié el nombre- supieron recibirme, a mí, muchacho blanco a quien su padre, para escándalo de las familias amigas, «dejaba jugar con negritos», con el señorial pudor de su miseria en bohíos donde la precaria alimentación, enfermedades y carencias se padecían con dignidad, hablándose de esto y aquello en un lenguaje sentencioso y gnómico. Creí conocer a mis personajes, pero con el tiempo vi que, observándolos superficialmente, desde fuera, se me habían escurrido en alma profunda, en dolor amordazado, en recónditas pulsiones de rebeldía: en creencias y prácticas ancestrales que significaban, en realidad, una resistencia contra el poder disolvente de factores externos… Además… ¡el estilo mío de aquellos días! ¡El bendito «vanguardismo» que demasiado a menudo asoma la oreja en algunos capítulos -el primero, sobre todo!…
