
De 1900 a 1920 habíamos tenido escritores, en América Latina, que nos habían dado buenas novelas más o menos calcadas -en cuanto a «modos de hacer»- de los patrones del naturalismo francés o del realismo galdosiano. Cambiaban los paisajes, la atmósfera; traíamos los personajes a nuestro ámbito, poniéndoles otros trajes, tiñendo su vocabulario de modismos, pero los procedimientos eran los mismos… Dos novelas vienen a romper, sin embargo, en menos de dos años, nuestra visión de la novela latinoamericana: La Vorágine
(1924) y Don Segundo Sombra
(1926). Nacía, en nuestro continente, una novela nacionalista, vernácula, dotada de un acento nuevo (anunciado ya, en 1916, por Los de abajo
de Azuela, sin olvidar algunas obras precursoras, pero que sólo conoceríamos tardíamente a causa de la incomunicación editorial que entonces existía entre nuestros países). Ahí estaban, pues, los modelos. Ese era el rumbo. Pero ahora surgía otro problema: había que ser vanguardista.
La época, las tendencias afirmadas en manifiestos estrepitosos, la fiebre renovadora (más breve, lo veríamos después de lo que creíamos…) nos imponían sus deformaciones, su ecología verbal, sus locas proliferaciones de metáforas, de símiles mecánicos, su lenguaje puesto al ritmo de la estética futurista (porque, lo vemos ahora, todo salía de allí…) que, al fin y al cabo, estaba engendrando una nueva retórica [2]. Pero muy pocos fueron los escritores cubanos de mi generación -un Guillen, un Marinello, notables excepciones- que vieron dónde estaba la retórica subrepticia, aun sin preceptiva aparente, que se nos colaba, cosa muy nueva, y por nueva «revolucionaria», en un ámbito donde aún demoraban los efluvios preciosistas y musicales de un «modernismo»
nuestro, nacido en América Latina, cuya presencia -muy pocos años después del paso de Rubén Darío por La Habana- se detectaba todavía en la obra de poetas que se contaban entre los mejores del momento.