Varias residencias burguesas promovían una competencia de columnitas catalanas y balaustres de melcocha. La botica de don Matías, que exhibía anacrónicas bolas de vidrio llenas de agua-tinta, estaba coronada por un anuncio de fotografía pueblerina, realzado por las siluetas de tres cañones coloniales y una jaula en que enflaquecía un mono roñoso. Más lejos, sonrientes y decentitas como alumnas de un colegio yanqui, se alineaban algunas casitas de piezas numeradas y tabiques de cartón, enviadas de La Habana la semana anterior y que serían ocupadas por los químicos y empleados de la administración. No faltaba un ridículo campanario semi-gótico, con estereotomía figurada, ni la glorieta de cemento llena de inscripciones obscenas y dibujos fálicos trazados a lápiz por los niños que, después de cantar el hilno, aullaban al salir de la escuela pública: “La bola del mundo se cayó en el mar; -ni tu padre ni tu madre se pudieron salvar…” Una calle algo apartada mostraba los bohíos que solían ocupar mujeres venidas cada año a “hacer la zafra”. Y de trecho en trecho se erguían aún viejas casonas de vivienda, de modelo antiguo, con sus anchos soportales guarnecidos de persianas, puntales de cuatro metros y triple capa de tejas criollas, onduladas y cubiertas de musgo.

También se veían dos o tres calles rectas, casi vírgenes de casas, desafiando los palmares con sus aceras rajadas y sus arbolitos tallados en bola. Varias carrileras estrechas se zambullían en la lejanía verde, partiendo de la boca del ingenio. Un terreno de pelota, feudo de la novena local, mostraba su trazado euclidiano invadido por los guizazos. Un zapato clavado en el home. Las romanas seccionaban el azur, semejantes a grandes testeros luminosos. Mil alcachofas de porcelana relucían en brazos de los postes telegráficos. Transbordadores, discos, agujas y mangas de agua presentaban armas de las guardarrayas. El balastro de las vías era un picadillo de hojas cortantes y secas. Surcando campos de caña, alguna locomotora arrojaba bufidos de humo en el espacio… Todavía existía en alguna parte, solitaria y hendida, la campana que había servido antaño para llamar a los esclavos.



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