
— ¿Qué es esto? — preguntó el cibernético con una voz que no parecía la suya. Se hallaba detrás de los demás, en último lugar, al borde de la pequeña plataforma.
— Una muestra del planeta Edén.
El coordinador ayudó al químico a liberarse de la puerta de la escotilla.
— Sí — confirmó el ingeniero —. La entrada está enterrada. Hemos debido barrenar un bonito agujero en el suelo.
— Éste es el primer aterrizaje bajo la superficie de un planeta desconocido, ¿no es verdad? — comentó el doctor.
Todos rieron. Al cibernético se le saltaban las lágrimas.
— ¡Ya está bien! — exclamó —. No vamos a quedarnos aquí parados hasta mañana por la mañana. Vamos por herramientas para abrirnos paso.
El químico se inclinó y tomó un pesado terrón de la tierra que tenía a sus pies. Por la abertura oval seguía escurriéndose la tierra. De vez en cuando, rodaban al pasillo algunos negros terrones de brillo grasiento.
Todos retrocedieron al corredor, pues en la plataforma no había espacio suficiente para sentarse. Finalmente, también saltaron abajo el coordinador y el ingeniero.
— ¿Cuánto nos habremos hundido en el suelo? — preguntó en voz baja el coordinador al ingeniero mientras avanzaban por el corredor. Muy delante de ellos, el cono de luz brincaba de un lado a otro.
