— El keramit sólo se licua a partir de los 3.700 grados. ¿Observaste la temperatura de la cubierta al final?

— Al final, todos los relojes se habían vuelto locos. Si no me equivoco, cuando frenó teníamos dos y medio.

— Dos mil quinientos grados no es demasiado.

— Sí, pero luego…

Sobre la escotilla cerrada asomó el rostro sofocado del químico. En su cuello se balanceaba la linterna. La luz brincaba sobre los trocitos de hielo que sobresalían por encima de la cubeta. Se los entregó al coordinador.

— Espera, vamos a ver cómo la enfriamos…

El ingeniero hizo una mueca:

— Un momento.

Desapareció en la oscuridad. Volvieron a resonar pasos. El doctor venía cargado con dos cubetas, en las que flotaba el hielo. El químico alumbraba mientras el doctor y el físico bañaban la escotilla con agua, que fluía sobre el suelo del pasillo. El cibernético trajo un cubo con hielo picado y volvió a buscar más. Tras haber bañado por décima vez la escotilla, creyeron oír algo, un débil rechinar. Estalló un grito de júbilo. Apareció el ingeniero. Se había colocado delante del pecho un reflector, bastante potente, del traje espacial. Ahora se veía con más claridad. El ingeniero arrojó al suelo una brazada de tiras de plástico desde la cabina de mando. Amontonaron trozos de hielo sobre la escotilla y los apretaron firmemente con las tiras de plástico, los colchones neumáticos e incluso con los libros que, mientras tanto, había traído el físico. Al fin, cuando ya casi no podían enderezar la espalda y apenas quedaba algo del pequeño muro de hielo — tan rápidamente se diluía al contacto con la recalentada puerta de la escotilla—, el cibernético asió con ambas manos la manivela e intentó hacerla girar.

— Espera un momento — gritó agriamente el ingeniero. Pero ya la manivela había cedido un poco. Todos se pusieron en pie. La manivela giraba cada vez más rápidamente. El ingeniero agarró por el centro el mango de la triple barra que aseguraba la escotilla y tiró con fuerza.



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