
Excepto el químico y el ingeniero, los demás no podían conciliar el sueño. El doctor se levantó y, alumbrándose con la linterna, fue a buscar somníferos. Tardó casi una hora, porque tenía que abrirse paso hasta la enfermería. El corredor se hallaba obstruido por montañas de aparatos y recipientes de laboratorio rotos. Todo el contenido de los armarios empotrados se había estrellado contra el suelo y formaba una barricada ante la puerta.
Por fin, cuando su reloj de pulsera marcaba ya las cuatro, en hora de a bordo, distribuyó las tabletas, apagó la luz y, al poco rato, la oscura estancia se llenó del rumor de respiraciones agitadas.
Se despertaron con inesperada rapidez, salvo el cibernético, que había tomado una dosis demasiado fuerte de somníferos y parecía como borracho. El ingeniero se quejó de fuertes dolores de espalda. El doctor le detectó una hinchazón, producida probablemente por desgarramiento muscular cuando tiraba de la manivela de la entrada.
Estaban de mal humor. Nadie hablaba, ni siquiera el doctor. No pudieron alcanzar las provisiones que habían dejado en la esclusa, porque sobre el armario en que estaban los trajes espaciales había un enorme montón de tierra. El físico y el químico se dirigieron al almacén de provisiones y regresaron con latas de conservas. Eran ya las nueve cuando acometieron la tarea de abrir una galería.
El trabajo avanzaba a paso de caracol. No podían moverse con soltura en la estrechez de la abertura oval. Los hombres de vanguardia desmenuzaban con los picos la tierra compacta y los que estaban detrás la amontonaban en el pasillo. Después de deliberar un poco, decidieron echar la tierra en la cabina de mando. Era el lugar más cercano y no había nada en ella que pudieran necesitar por el momento.
