Cuatro horas más tarde, la tierra amontonada en la cabina llegaba a las rodillas, pero el túnel sólo había avanzado dos metros. La marga era viscosa y resistente. Las barras y los picos se quedaban hincados en ella. Los mangos se doblaban bajo la firme presión de las manos de los hombres, que los asían con fuerza. El trabajo más eficaz corría a cargo del pico de acero del coordinador.

El ingeniero tomaba precauciones para que el techo no se derrumbara y ponía especial cuidado en entibarlo debidamente.

Al atardecer, cuando, totalmente embarrados, se sentaron para comer, el túnel, que ascendía con un desnivel de casi setenta grados en relación con la escotilla, apenas había avanzado cinco metros y medio.

El ingeniero miró una vez más el pozo a través del cual podía accederse a las habitaciones situadas más abajo, donde, a treinta metros de la entrada principal, se encontraba, empotrada en el blindaje de la nave, la puerta de carga. Pero sólo vio el negro reflejo del agua…, más alto que el día anterior. Algún recipiente se había resquebrajado y su contenido es escapaba poco a poco. El agua estaba contaminada con radiactividad, tal como había podido comprobar en el acto con un pequeño contador Geiger. Cerró el pozo y regresó junto a sus amigos, sin comunicarles su descubrimiento.

— Si todo va bien, podremos salir mañana o, lo más tarde, dentro de dos días.

El cibernético sorbió su tercera taza de café. Todos bebían mucho.

— ¿Cómo lo sabes? — preguntó el ingeniero admirado.

— Lo intuyo.

— Tiene intuición, lo que no tienen sus autómatas.

El doctor reía. Cuanto más declinaba el día, más aumentaba su buen humor. Cuando fue relevado por los otros en los trabajos de la primera línea recorrió las habitaciones del cohete y añadió al inventario de la tripulación dos linternas electromagnéticas, una maquinilla de cortar el pelo, chocolate vitaminado y una montaña de toallas. Todos estaban cubiertos de barro y sus trajes llenos de manchas. La falta de corriente eléctrica les impedía afeitarse y renunciaron a la maquinilla de cortar el pelo que había llevado el doctor. Por lo demás, tampoco él la utilizó.



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