
— Se ha aplanado a consecuencia de una rotación axial demasiado rápida, ¿no es eso?
— El químico dirigió una mirada interrogante al coordinador.
— Eso es. Podía observarse mejor durante el vuelo. ¿Lo recuerdas?
— Puede ser… Cómo quieres que te diga… Tal vez entonces no me fijé mucho.
Dieron la espalda al sol y elevaron los ojos hacia el cohete. El blanco casco cilíndrico se alzaba oblicuamente al cielo desde la pequeña colina en la que se había clavado. Tenía el aspecto de un enorme cañón. La capa exterior, lechosa en la sombra y plateada al sol, parecía incólume. El ingeniero se aproximó al lugar en el que el casco penetraba en la tierra, trepó por el terraplén que rodeaba al coloso y acarició el casco.
— No es mal material este keramit — murmuró sin volverse —. Si pudiera echar una ojeada a las toberas… Miró desconcertado a las bocas, que se alzaban sobre la llanura.
— Ya las veremos — dijo el físico —. Pero ahora vamos, ¿no? Una pequeña exploración.
El coordinador ascendió hasta la cima. Los demás le siguieron. Por todas partes se extendía ante ellos la llanura bañada por el sol. Era plana, descolorida; en la distancia destacaban las delgadas siluetas que habían visto el día anterior. Pero a la clara luz del día podía advertirse que no se trataba de árboles. Sobre sus cabezas, el cielo era azul como el de la Tierra, y en el horizonte se teñía de tonalidades verdosas. Minúsculos cirros se deslizaban casi imperceptiblemente hacia el norte. El coordinador estableció los puntos cardinales con ayuda de la brújula que colgaba de su muñeca. El doctor se inclinó y escarbó con el pie en el suelo.
— ¿Por qué no crece nada aquí? — preguntó extrañado.
Todos se quedaron callados. En efecto, hasta donde alcanzaba la vista, la llanura era un yermo absoluto.
