
— ¿No hay corriente en la cabina de mando? Antes había un poco.
— Ya no hay. Evidentemente, se ha producido un cortocircuito en los acumuladores.
— ¿Y por qué no están cargados los electrolanzadores?
— Porque la ordenanza prohíbe el transporte de electrolanzadores cargados — intervino a regañadientes el ingeniero.
— ¡Al diablo la ordenanza…!
— ¡Basta ya!
El cibernético se alejó, encogiéndose de hombros, del coordinador. El doctor salió, mientras el ingeniero traía de su camarote una ligera mochila de nylon, en la que colocó cuidadosamente las delgadas latas de las raciones de reserva. El doctor regresó llevando en la mano un corto cilindro oxidado, provisto de un mango.
— ¿Qué es eso? — preguntó, curioso, el ingeniero.
— Un arma.
— ¿Qué clase de arma?
— Gas anestésico.
El ingeniero se echó a reír.
— ¿Cómo sabes si lo que vive en este planeta se puede narcotizar con tu gas? Y, sobre todo, ¿cómo te vas a defender si te atacan? ¿Administrando unas gotitas al enemigo?
— Bueno, si el peligro es demasiado grande te puedes anestesiar tú mismo — sentenció el químico. Todos rieron, el doctor más estruendosamente que los demás.
— Con esto se puede dormir a cualquier criatura que respire oxígeno — declaró—, y por lo que hace a la defensa, mira.
Oprimió el gatillo. Un chorro de un líquido sofocante, fino como una aguja, salpicó el oscuro pasillo.
— Bien, de acuerdo… Mejor eso que nada — opinó el ingeniero, con actitud reservada.
— ¿Vamos? — preguntó el doctor, mientras metía el tubo en el bolso de su traje.
— Vamos.
El sol se hallaba ya alto en el cielo. Era pequeño, estaba más lejos que el de la Tierra, pero también era más caliente. No obstante, hubo algo que llamó la atención de todos: no era completamente redondo. Lo contemplaron, entre los dedos, a través del papel rojo oscuro en que venían envueltos sus paquetitos antirradiación.
