El misterioso Fox -ahora estaba más convencido que nunca de que pertenecía a la rama especial-, aquella mujer joven tumbada sobre la mesa, en el depósito de cadáveres. Recordé entonces la inquietud que había experimentado cuando me contó cómo había devuelto la carpeta original a la Oficina de Registros. Me la imaginé caminando por la acerca y cruzando luego la calle situada por detrás del Museo Británico, bajo la lluvia, y entonces se produjo la aparición repentina del coche. Una noche húmeda y un coche que patina, tal como había dicho Fox. Podría haberse tratado de un accidente, pero yo sabía que no era muy probable, y mucho menos después de haber devuelto aquella carpeta. Lo que planteaba el problema de la continuación de mi propia existencia.

Había llegado el momento de trasladarse a algún otro sitio, pero ¿a dónde? Y entonces recordé lo que ella me había dicho. Sólo quedaba con vida una única persona que podía confirmar la historia registrada en aquella carpeta. Preparé una bolsa de viaje con lo indispensable y me asomé con cuidado para comprobar la calle, por detrás de la cortina. Había coches aparcados por todas partes, de modo que me fue imposible saber si alguien me estaba vigilando.

Salí por la puerta de la cocina, que daba a la parte posterior de la casa. Avancé con precaución por el callejón de atrás y luego me alejé con rapidez por entre un dédalo de callejuelas tranquilas, pensando en todo lo ocurrido. Tenía que tratarse de una cuestión de seguridad, eso estaba claro. Algún pequeño departamento anónimo del DI5 que se ocupaba de las personas que se pasaban de la raya, pero ¿significaría eso necesariamente que irían a por mí también? Después de todo, aquella joven ya había muerto, la carpeta volvía a encontrarse en los archivos de la Oficina de Registros y habían recuperado la única copia que se había hecho. ¿Qué podía yo decir que pudiera demostrarse o creerse de alguna forma? Por otro lado, tenía que demostrarlo, aunque sólo fuese para mi propia satisfacción. En cuanto salí de las callejuelas y llegué a la esquina tomé el primer taxi que encontré.



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